Si, son cosas de adolescentes, porque yo soy adolescente. Pero son cosas de la vida, como toda la intensidad de la vida, y es cruel, absurdo, ponerles el rótulo ‘adolescencia’ y suponer que eso las hace menos reales, las aproxima al juego.
¿Cómo puedo decir que Gracia era bella sin decir: ‘Era bella’, ni cómo puedo decir que su voz era tibia sin decir: ‘Era tibia’? No es culpa mía que el uso haya reblandecido los adjetivos, que las palabras se hayan hecho débiles, o que los oídos se hayan puesto duros a ellas.
Pero donde yo digo amor, digo todo el amor.
Donde digo mujer, digo todo lo que es la mujer.
Donde digo que había magia, o milagro, es porque no hay otros términos para describirlo.
¿Y que importa, entonces, que yo sea adolescente? ¿Siento, sufro, vivo menos por eso? ¿Ha dejado, por eso, de ocurrirme cuanto me ha ocurrido?